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Heridas afectivas en la infancia que trascienden en la adultez

Las situaciones emocionales traumáticas vividas desde temprana edad desorganizan el mundo de la persona, provocan confusión y dejan huellas permanentes. El acontecimiento que produce el trauma se impone, mientras que el sentido que atribuimos al acontecimiento depende de nuestra historia. Se puede hablar de acontecimiento traumático en el niño (a) porque desgarra su mundo interno y lo desmantela. Pero aún no se sabe qué sentido habrá de atribuirle más tarde a la representación de ese trauma, en la vida adulta. Posiblemente sea una representación de imágenes y de palabras que pueda configurar un mundo nuevo para tener otra visión de los acontecimientos.


Pocas cosas marcan tanto a un individuo como el haber experimentado traumas infantiles. Ninguna etapa en la vida de una persona es tan intensa, ni tan vulnerable, como la infancia. Las vivencias de nuestra niñez tienen un peso decisivo sobre nuestra personalidad y nuestra forma de sentir y de actuar. Por ello, cuando sufrimos un trauma en nuestra infancia, este puede tener un enorme peso a lo largo de nuestra vida.


Al igual que en la edad adulta, los motivos que pueden dar lugar a traumas infantiles son muchos. Sin embargo, no hace falta recurrir a los casos más extremos, como violencia o abusos sexuales, para hablar de trauma infantil; estos traumas pueden venir ocasionados por muchos otros motivos, como por ejemplo la falta de afecto.


Se trataría por tanto de un daño emocional, fuerte y duradero, que llega a marcar la personalidad del individuo. En este sentido, muchas personas ni siquiera son conscientes de la existencia de dichos traumas. Y esto sucede, incluso, a pesar de que pueden estar condicionando gravemente la calidad de vida personal. Por estos motivos, resulta de gran importancia detectar y tratar estos traumas a tiempo. En el caso de los niños, para evitar que terminen afectándoles en su edad adulta; y en el caso de los adultos, para solucionar un problema ya existente.


¿A qué se deben los traumas infantiles?


Un trauma es un elemento puramente subjetivo, totalmente variable en función del individuo de que se trate. Lo que para una persona puede ser un evento traumático, para otra puede resultar intrascendente. La manera en que afrontamos las distintas situaciones es, por tanto, variable en función de nuestras circunstancias y capacidades personales. Del mismo modo, algunas personas pueden sobreponerse rápidamente a un trauma, mientras que a otras se les hace imposible.


Esta situación de subjetividad es incluso más evidente en el caso de los niños. Esto significa que un menor puede vivir una determinada experiencia como traumática, incluso si los adultos no la perciben así. Esto se debe, lógicamente, a que el niño dispone de menores herramientas y habilidades para afrontar sus emociones. Un ejemplo sería un divorcio; mientras que los padres pueden pasar página y empezar una nueva relación, el menor solo sabe que su familia ha quedado destruida.


Sin embargo, lo deseable sería poder abordar y solucionar estos problemas antes de que lleguen a la edad adulta. Esto significa que, si detectamos y reparamos un posible trauma a tiempo, evitaremos la aparición de las secuelas. Es por esto por lo que resulta tan importante el identificar cuanto antes la existencia de una vivencia traumática. Sin embargo, esto no es siempre sencillo, ya que el niño puede no expresar sus verdaderas emociones.

Para superar un trauma de la infancia, el primer y más importante paso es afrontarlo. Esto es un requisito imprescindible para comprender lo que sucedió realmente y evitar que siga afectando en nuestra vida.


Los traumas son eventos que han producido un fuerte impacto emocional, por lo que no se pueden solucionar racionalmente. Esto significa que es necesario asimilar cómo los sucesos del pasado influyen en nuestras emociones, y aprender cómo gestionar estas. En este proceso, un psicólogo es un guía que ayuda a orientar en cada etapa del camino.

Un último paso en el tratamiento consiste en comprender cómo esos eventos del pasado afectan nuestra vida presente. Esto nos permitirá entender por qué actuamos de una determinada manera, lo que nos permitirá modificar nuestra conducta. Así, poco a poco, recobraremos nuestro bienestar personal y retomaremos las riendas de nuestra vida cotidiana. Al final del proceso, el trauma no se habrá olvidado, será algo que siempre esté ahí; sin embargo, no influirá en nuestra vida, habremos procesado lo ocurrido y conseguiremos eliminar por completo las secuelas que dejó.


Será, en cierto modo, como una cicatriz: sabemos que tuvimos una herida, y siempre quedará una señal, pero sin embargo ya no dolerá ni nos impedirá desarrollar una vida plena y satisfactoria.


- Vandria Martínez Molina; psicóloga clínica , con posgrado en Neuropsicología y maestrante en intervenciones psicológicas y de la salud.


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